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  • Explora novela de Pamuk la singularidad de las relaciones humanas
  • Por Norma L. Vázquez Alanís

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La tragedia de Edipo es retomada por el escritor turco Orhan Pamuk en su novela La mujer del pelo rojo, situada en Estambul y en la cual aborda temas intemporales como los conflictos de la paternidad -incluida la falta de una imagen paterna- y el sentimiento de culpa o el rencor y la ambición que puede despertar el éxito y riqueza de otros; aunque habla también de los problemas del crecimiento desmedido de la urbe y la voracidad de las empresas constructoras, así como de los matrimonios sin hijos y de los vástagos fuera de la unión legal.

Con un estilo sencillo, pero profundo en sus conceptos, Pamuk se enfrasca en razonamientos respecto a las relaciones entre padre e hijo, tomando como punto de partida la tragedia de Edipo Rey escrita por Sófocles, pero la confronta con la historia de Rostam y Sohrab, inmortalizada en el año 1000 de nuestra era por el poeta persa Ferdousi en la epopeya del Shahname o Libro de los Reyes, en una clara exploración de los mitos fundacionales de las culturas de Occidente y Oriente que forman parte de la esencia de Turquía, un país que ha forjado su identidad conjuntando tradición y modernidad como resultado del choque entre Este y Oeste.

No hay que olvidar que Turquía se ubica entre Asia y Europa, lo cual ha marcado a esa nación más allá del ámbito geográfico, y Orhan Pamuk (Estambul, 1952) ofrece en esta obra una visión de su país lejos de los estereotipos.

El propio Pamuk (Premio Nobel de Literatura 2006) señaló en su momento que su novela La mujer del pelo rojo encierra elementos políticos y, como es habitual en su obra, analiza la Turquía de hoy y su sociedad, de una enorme complejidad, porque Oriente y Occidente se entrelazan, se permean, a la vez que chocan y se producen enriquecimiento y tensiones de forma paralela entre una cierta élite que mira a Occidente y apuesta tanto por la democracia moderna como por la secularización, y un pueblo anclado en la tradición islámica.

La historia del protagonista con la misteriosa mujer del pelo rojo sólo es un ejemplo más de esa conmoción de la sociedad turca; ambos desafían al sector más conservador del país, y labran su propia desgracia con su rebeldía.

Con su prosa elegante, fluida y exenta de cualquier énfasis retórico, Pamuk plantea en La mujer del pelo rojo (Penguin Random House, 281 páginas, primera edición México, abril 2018) conflictos universales como la paternidad, el sexo, la orfandad, la búsqueda de los orígenes o la irrenunciable pregunta por el sentido de la vida, pero también incluye los sueños, el deseo, el arrepentimiento y los valores éticos.

Sus personajes son intensamente humanos, lo cual significa que cruzan en ambos sentidos la línea que separa el bien del mal, y transitan del egoísmo más indisculpable al exceso de escrúpulos. Su sentido de la culpabilidad evidencia que no son amorales, sino imperfectos; Pamuk no absuelve ni condena, según lo considera el escritor y crítico literario español Rafael Narbona (Universidad Complutense de Madrid).

Aunque la trama está bien construida, con recursos e imágenes significativos, la historia da la impresión de que el autor no sabía muy bien hacia dónde iba hasta la mitad del libro y que en ese momento decidió cómo sucedería el final y qué ocurriría con los personajes, además de que al estilo de Pamuk en esta obra le falta emoción a la hora de contar las cosas, es demasiado objetivo, tan real y sin adornos ni concesiones que su lectura puede resultar densa o tediosa, especialmente en la primera parte; además, la historia es bastante previsible.

Al respecto, el crítico literario y escritor español José María Guelbenzu (Universidad Complutense de Madrid) apunta “lo que verdaderamente lastra la novela es su falta de energía narrativa y de convicción. Está contada como desde fuera, en un tono neutro y expositivo, lejos de los mejores momentos literarios de Pamuk, en esta obra más preocupado por entrelazar sus personajes que de construirlos con intensidad”.

Coincide en esta observación José María Brindisi (escritor, periodista y editor argentino), al señalar que la carga alegórica contenida en La mujer del pelo rojo –de la mano de dos grandes mitos y esencial para la consumación de la fábula que plantea Pamuk–, luce sobreactuada, como si se hubiese esforzado por darle un trasfondo más denso a una historia en la que no terminaba de creer.

Muchos capítulos de La mujer del pelo rojo plantean reflexiones profundas e interesantes para el lector, que se enriquece en varios sentidos, entre ellos la comprensión del poder de las creencias y de la incapacidad humana de resolver el conflicto, lo cual lleva irremediablemente a la tragedia.

Es una obra que tiene un poco de historia, misterio, fantasía, política y actualidad, en la cual también se pone de manifiesto la transformación irreversible de Turquía a través del tránsito del protagonista, Cem Celik, de la juventud a la adultez, y le sirve a Pamuk para regresar a los temas que han dominado buena parte de su obra, su querida Estambul, cuyo crecimiento ha sido vertiginoso en unas cuantas décadas.

En este sentido, Agustina Ordoqui, egresada de la Escuela de Periodismo de Argentina, comenta que Pamuk no solo juega con la mitología, el amor, la paternidad, las relaciones de dominación y los sentimientos oscuros que una persona puede albergar, sino que aprovecha sus páginas para trazar una radiografía de la Estambul de los últimos 40 años.

Asimismo, en esta novela, el autor ofrece pistas sobre los límites de la libertad de expresión en Turquía, con un sentido extraordinario para apreciar las maneras en que el cambio social afecta la psicología individual.

La narración está dividida en tres partes, la primera de ellas dedicada al trabajo del personaje principal en la excavación de un pozo en Öngören -periferia de Estambul-, en la que Pamuk logra recrear el asfixiante y angustioso ambiente en que se desarrolla. “Podría compararse al pozo de Öngören con el Aleph borgiano, pues alberga un infinito compuesto por las distintas secuencias del tiempo, reuniendo a dioses, hombres, ángeles y demonios, vivos y muertos en un confuso fragor”, opina Narbona.

En este segmento hace continua referencia a la mujer del pelo rojo, lo que parece ser un recurso deliberado para enfatizar lo que ese color de cabello significa para la cultura turca: la libertad que es propia de los países occidentales, y tan ansiada por los habitantes de Turquía.

La parte dos del libro se evidencia más complicada y algo forzada porque el autor intenta a toda costa hacer una similitud entre los mitos de Edipo y de Rostam, si bien en la tercera logra amalgamar la historia con lo que el argumento comienza a tomar otro cariz porque la cuenta desde la óptica de la mujer del pelo rojo, cuyo nombre, Gülcihan Hamm, sólo se menciona una o dos veces en toda la novela.

Pamuk intenta mostrar en este relato que no existe el destino, pero sí una fatalidad recurrente asociada las pulsiones básicas del ser humano; en esta ocasión sus personajes se enfrentan a los tabúes más ancestrales: el parricidio y el incesto; no se trata de simples delitos, sino de actos que atentan contra los pilares de la civilización.

“Cem Celik trabaja como pocero porque su destino es explorar el inconsciente, buceando en sus aguas más turbias”, concluye tras su análisis de La mujer del pelo rojo la doctora en Filología Rosario Ventura Miguel, del Centro de Competencias de la Comunicación de la Universidad de Puerto Rico, en Humacao.