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  • Una visita al Museo de la muerte
  • Por José Antonio Aspiros Villagómez

RedFinancieraMX

San Juan del Río es una ciudad de Querétaro sin vocación turística. Hay muchas industrias con sus respectivos tráileres. Está de paso a la ruta del queso y el vino que comienza en el pueblo mágico de Tequisquiapan y lleva más al norte hacia las misiones fundadas por los frailes.

Sin embargo tiene mucha historia, recogida en crónicas y libros, y fue cuna de diversos personajes destacados, entre ellos doña Sara Pérez, esposa del presidente mártir Francisco I. Madero, y otros que se pueden conocer en eloficiodehistoriar.com.mx y en libros de los cronistas locales.

Existen el Puente de la Historia que es parte del Camino Real de Tierra Adentro y tiene varias leyendas (como la de los niños enterrados en sus cimientos), y muchos inmuebles de siglos pasados con cantera morena propia del rumbo en sus fachadas, entre ellos el Portal del Diezmo hoy convertido en un espacio cultural.

Hay un solo museo porque algo pasó con el que hubo de arqueología y lo cerraron; hay que ir hasta el de la capital queretana para ver los vestigios prehispánicos. El que está desde hace casi cuatro décadas, es el Museo de la Muerte, donde cada año por estas fechas hay actividades especiales por el día de los “fieles” difuntos.

Este singular museo se encuentra en el antiguo Panteón de la Santa Veracruz donde, entre 1857 y 1967, fueron sepultados los sanjuanenses ricos o que hacían mayores donativos a la Iglesia, aunque además tenían que pagar su perpetuidad, y los restos de quienes no la liquidaron fueron trasladados a un osario cuando no los reclamaban sus familiares.

Para los pobres fueron construidos antes que el de la Santa Veracruz dos llamados “panteones de indios” que luego fueron tres, ya insuficientes por lo cual el alcalde planea concesionar la construcción de un crematorio municipal.

La entrada al Museo de la Muerte es gratuita y hay una persona que atiende a quienes quieren visitas guiadas, muy breves porque el área es pequeña y las explicaciones no abarcan todos los detalles que, en cambio, es posible conocer en un folleto ilustrado que, por su título, aspira a ser “guía del turista” y ahí mismo venden.

En un principio el panteón quedaba afuera de la ciudad, en el Barrio de Indios, y actualmente está muy céntrico, a unas cuadras de la concurrida avenida Juárez que cruza el centro de San Juan del Río de oriente a poniente.

Allí se creó el Museo de la Muerte en 1980 para mostrar con escenas de tamaño natural -entre ellas los restos de una monja- las diversas costumbres funerarias de los habitantes del lugar en las épocas prehispánica y virreinal.

Recorrer ese sitio es meterse a una historia que comenzó en el tiempo que fueron promulgadas las Leyes de Reforma (1855-1863) cuyo propósito fundamental fue separar la Iglesia y el Estado, y así éste tomó el control de los panteones y del registro -desde entonces llamado civil- de nacimientos, muertes y casamientos.

Un personaje de nombre Felícitas Osornio fue el fundador y benefactor de aquel panteón para los ricos sanjuanenses y por ello su tumba es la más grande del extraño camposanto donde para sepultar no se excavaba la tierra, sino que se rompía la piedra pues está sobre un peñasco, o bien los ataúdes quedaban al nivel del suelo y encima se levantaba el sepulcro.

La tumba del señor Osornio -antepasado de un sobrino político del tecleador- es una torre de tres cuerpos que estaba coronada por una cruz muy alta, ya destruida, que se posaba sobre el “símbolo del mal”: una esfera en representación del mundo, con una serpiente encima.

Para construir ese panteón, don Felícitas compró a la Iglesia la huerta de la Capilla del Calvario, cuya sacristía fue regalada en el siglo XX a “una viejita de alrededor de 60 años”, dice el folleto, que vendía tamales y fue sacada del lugar cuando se hizo el museo.

En el cuadernillo citado, su autor Daniel Alejandro Álvarez Morales presenta información recabada en el Archivo Histórico de la ciudad y con los vecinos del barrio, y explica los numerosos detalles ornamentales que brindan gran interés al lugar desde el mismo pórtico, donde está representado “el triunfo de la muerte” con la guadaña, una corona de laurel y la trompeta del Juicio Final, y se encuentran dos calaveras de piedra con bonetes de cura en la cabeza.

En este panteón hecho museo se aprecian hechas en piedra, figuras tales como esos cráneos con bonete, mitras de obispo o tiaras de papa, un reloj de arena cruzado por una guadaña y otras, de todo lo cual explica su significado Álvarez Morales, quien por cierto no tuvo el cuidado de recurrir a un corrector de estilo.

Entre los dos patios del panteón existe una escalera con una tumba dentro de uno de los escalones porque así lo pidió en vida quien ahí descansa, para que “cada vez que la gente pisara su loza, le quitaran pecados d encima”.

Hay también una capilla de paso donde se hacían las misas de cuerpo presente, en cuyo interior “están enterrados los que daban más diezmo a la Iglesia”. Pueden apreciarse además, en los muros, algunos sonetos, oraciones y pinturas como una de las ánimas del purgatorio.

No todas son tumbas. Hay un columbario o zona de gavetas con 155 cavidades, dos de ellas con cristales para ver su interior, y entre los personajes allí sepultados está “el Honrado General Juan Bernardo Domínguez y Gálvez” (dice el folleto), de origen cubano pero que combatió a los insurgentes en México y fue comandante de un batallón del Ejército Trigarante.

Desde el extremo occidental del Panteón de la Santa Veracruz y Museo de la Muerte, es agradable la vista panorámica de la ciudad y se antoja salir de ahí rumbo al café más cercano.

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